Para Paula,
basada en una leyenda urbana
Lo cierto era que Paula no se lo creía. Había ido a realizar una exhibición de patinaje en la capital riojana, y al ir a volver a Nájera, se habían despistado ella y una amiga. El autobús había partido ya para cuando quisieron buscar al resto de sus amigos.
Desesperadas, habían querido ir a la estación de autobuses, pero a esas horas ya no había transportes a su pueblo. Entonces, Juan, un amigo de Paula, se ofreció a llevarlas a las dos a sus casas. Al principio, la chica se negó, pero al final, cuando recibió la llamada preocupada de su monitora de patinaje, dijo que todo estaba solucionado, que Juan las llevaría.
Durante el camino que conducía a Tricio, el pueblo de la amiga de Paula, escuchaban la radio. Las noticias locales dijeron que el loco peligroso que se había escapado días atrás de un manicomio de la capital seguía en paradero desconocido.
Era de noche cuando dejaron a la amiga de Paula en su casa y se dirigieron por un camino rural hacia Nájera. La radio estaba ya apagada y el silencio reinaba en el coche, pues Juan parecía haber desistido en sus vanos intentos por hacer reír a la muchacha.
Paula se limitaba a ver caer la lluvia a través del cristal.
El motor, en un tenue zumbido, se calló. La chica miró interrogante a Juan, que miraba el cuadro de mandos con gesto serio.
-Parece que nos hemos quedado sin gasolina- habló mirando a la chica-. No debemos de estar muy lejos de Nájera. Nada más entrar hay una gasolinera. Voy a buscar gasolina. Si quieres venir, vente; si no, quédate y ciérrate el pestillo. No creo que pase nade por aquí, pero bueno.
-Prefiero quedarme- dijo Paula con un hilo de voz.
Juan asintió con la cabeza. Ella se había caído durante la exhibición, y a pesar de que se había levantado rápido y el resto lo había hecho bastante bien, la chica parecía abatida por ello. Supuso que deseaba estar sola, así que no le dijo nada. Cogió del maletero una lata de gasolina vacía y se perdió en la noche.
Paula observó a Juan marcharse, fijándose en el suave ondular de su coleta mecida por el viento. Cuando ya no pudo verlo, se abrochó el anorak, encendió el mp3 y se acurrucó en el asiento del coche. El soniquete del violín, y la flauta comenzó a resonar en sus oídos. Mago de Oz escoltó sus pensamientos durante largo rato. Cerró los ojos por puro cansancio, mas no deseaba dormirse.
Paula abrió los ojos aturdida. Debía de llevar mucho tiempo esperando. El mp3 había cesado de cantar. Se movió dolorida por aguantar en la misma postura durante demasiado tiempo. Lanzó un suspiro y miró el reloj. Juan hacía dos horas y media que se había marchado.
Paula bostezó antes de darse cuenta del tiempo que estaba tardando su amigo. Dos horas y media era demasiado tiempo. Se quitó los cascos y miró hacia fuera. El cristal estaba salpicado de gotitas de lluvia, unas más oscuras que otras, o eso le parecía a Paula, pues las veía a través de la luz de la luna.
Entonces se percató de que oía un sonido rítmico. Se llevó las manos a las orejas, pero ya se había quitado los cascos. Miró hacia arriba. El ruido provenía de allí. Eran golpes. La chica abrió la puerta y salió a la caricia de la fría noche. Caminó hacia atrás, posando la vista en la capota del coche. Allí había un hombre delgado, de cuclillas, golpeando con una especie de balón al vehículo.
Mientras caminaba de espaldas, Paula empezó a negar con la cabeza, pues comenzaba a comprender que aquello no era un balón. El hombre cogía una mata de pelos larga, como una coleta. Y golpeaba al auto con una cabeza. La de Juan.
Paula gritó de miedo. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. La mandíbula inferior se movía frenéticamente, incapaz de mantenerla quieta. El grito había alertado al hombre, que la miró. Al ver el brillo de esos ojos bajo la luz de la luna, Paula se estremeció, volviendo a proferir un alarido. Quiso correr, pero se tropezó y cayó. No era una piedra lo que la había desestabilizado, no, era un cuerpo. Cuando Paula comprendió lo que sucedía, no pudo más que llorar y gritar de pavor.
-Ahora tú- dijo el hombre.
Mas no pudo cumplir su promesa. Un coche pasó por el camino y frenó de golpe. Al parecer, habían escuchado sus gritos. Cuando volvió a posar la vista en el coche de Juan, el hombre ya no estaba sobre él. No lo pudo resistir más y se desmayó.
Se despertó en la habitación de un hospital. Tardó en despejarse y ver que no estaba en su cama. Entraron dos hombres en la habitación. Se identificaron como policías. Le hicieron unas preguntas. Al parecer, la noche en el coche no había sido una mala pesadilla. Juan estaba muerto. Habían encontrado restos del uniforme del manicomio en las manos del chico, muestra de una pelea. Querían que Paula les aclarase algunas cosas.
Ella sólo pudo llorar. La enfermera los echó y avisó a Paula que debía comer, que pronto vendrían con la cena tardía. Sus padres iban a ser avisados.
Paula se tranquilizó poco a poco. Entró un enfermero con un carrito. Cogió una mesa con ruedas preparada para que los enfermos pudieran comer desde la cama. Dejó allí una bandeja de comida. Paula miró al enfermero con una sonrisa para agradecerle la comida, a pesar de que no tenía mucha hambre. El rostro se volvió serio de pronto.
-Te dije que la siguiente eras tú.
2 comentarios:
buff buff este es el ipico de peli de miedo eh?? jeje escribe la segunda parte pero con final feliz... (y entonces entro el policía...)
Amanda
Mmmoola!
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