lunes, 8 de diciembre de 2008

Un silencio en la noche


Como todas las tardes de verano, Sandra se relajaba en la piscina. No tomaba el sol, pues no le gustaba. Su piel era demasiado blanca y delicada para ser bañada por sus dañinos rayos. Se tumbaba a la sombra a ver pasar los chicos en bañador. Otras veces se quitaba sus gafas con montura de pasta negra para leer un libro. Aquél verano le tocaba a “Veinte mil leguas de viaje submarino”. El capitán Nemo y su Nautilus iban a enfrentarse al calamar gigante cuando ellos llegaron.

Ellos eran tres y se llamaban Nicolás, Fernando y Javier. Tenían catorce años, o eso aparentaban. Fernando era el más alto y tenía el pelo rubio y engominado. Javier tenía el pelo color arena corto y hacia arriba. Nicolás era castaño tirando a cobrizo. Los tres llevaban un bañador negro y los tres ocultaban sus ojos bajo gafas de sol. Los tres caminaban por la sombra siempre que podían.

-Hola, guapa- dijo Javier.

Sandra miró al muchacho. Los tres se sentaron frente a ella. Javier deslizó levemente las gafas hacia abajo dejando ver unos ojos aguamarina con un brillo especial. La chica sonrió. ¿Intentaba seducirle, a sus veinte años, un crío de catorce? Le divertía la idea y quiso comprobar hasta donde era capaz de llegar el chaval.

-Hola- respondió ella.

-¿Qué haces aquí sola?

-Leer.

Javier pareció contrariado por unos instantes. No esperaba una respuesta tan escueta. Ni tan evidente. Pero reaccionó pronto y sonriendo dijo:

-Siempre es agradable encontrarse con alguien que no hace lo que hacen todos. No hay mayor placer que huir del calor del sol a la sombra de un árbol y culturizarse con buena lectura.

-No sabía que la gente de tu edad leyese.

-A lo mejor no tenemos la edad que crees que tenemos- respondió Fernando.

-O a lo mejor no hacemos lo mismo que el resto de la gente, como tú- añadió Javier-. Yo, por ejemplo, soy calvinista.

-¿Calvinista? ¿Sigues a Calvino?

-No. Sigo a Calvin, de “Calvin y Hobbes”.

-No lo conozco.

-Es un cómic- dijo Fernando.

-Para adultos- puntualizó Nicolás.

-Pero no pornográfico- aclaró Javier.

Los tres chavales se quedaron hablando con ella un buen rato más. Sandra se dio cuenta pronto que Javier era un adulador, que Fernando era el típico adolescente faltón y que Nicolás era un chico bastante depresivo. También se fijó en que nombraban mucho a un tal Raziel y sobre todo a un tal Iván.

 

Era de noche y la única iluminación con la que contaba Sandra era la luz de las farolas. Iba algo ebria, pero aún era lo suficientemente consciente de lo que pasaba a su alrededor. Se sorprendió al encontrarse en la zona de juerga a los tres chicos que había conocido en la piscina. La saludaron con efusividad y tras bromear un rato le propusieron presentarle a su amigo Iván. Lo cierto era que a Sandra poco le apetecía conocer a un adolescente salido más, pero aquellos muchachos eran muy persuasivos. Y sin las gafas de sol eran... seductores. Había un brillo especial en sus ojos.

Cuando le presentaron a Iván se sorprendió aún más. Era un chico que aparentaba unos veintidós años, pero su mirada parecía tener muchos más. Otra vez los ojos. Ese brillo... nunca había imaginado que unos ojos negros pudieran ser tan bonitos.

Iván la saludó con dos besos. Siempre hablaba en voz baja. A pesar de ser un susurro, era enérgico y perfectamente audible.

-¿Qué haces tú con un grupo de chavales como ese?- preguntó Sandra desinhibida por el alcohol.

-Digamos que son... amigos, hermanos, hijos... y servicio de comidas.

Sandra miró a Iván sin saber si darle credibilidad o no.

-¿Servicio de comida? ¿Cómo se te va la olla, no?

-Sí. Pero no hablemos de mí.

-¿Quieres hablar de mí?

-Por ejemplo. ¿Qué hace una chica como tú sola por estos parajes?

-Ya no estoy sola, ¿no crees?

-Mmm, respondiendo con evasivas.

-Somos dos.

-Bien, quid pro quo. Yo te digo algo de mí y tú me dices algo de ti.

-Hecho.

Iván pareció pensárselo un poco antes de decir:

-Nunca antes había visto una chica tan guapa con el pelo tan rizado. Me gusta el pelo liso, y sin embargo tú... parece pelo africano.

Sandra sonrió y dijo:

-¿Eso es hablar de ti?

-“Nunca antes había visto...”

-¿Y por qué me dices eso? ¿Qué pretendes conseguir?

Sin saber por qué, sintió una profunda atracción por Iván. Aquel chico alto, de pelo y ojos oscuros, tan negros como su ropa, que en un principio jamás le hubiera parecido atractivo, y en ese momento era lo más atrayente que había visto nunca.

-Verás- explicó Iván en su habitual susurrar-, desde que estoy contigo siento... ¿Cómo explicarlo?... Verás, el otro día vi un documental. Iba sobre delfines. En el documental cogían a niños terminales de cáncer y los metían nadar en piscinas con delfines porque, según decían, los delfines, con sus ultra sonidos, hacían que los niños se sintiesen mejor. Me he dado cuenta de que tú eres un poco como un delfín para mí. Desde que estoy contigo me siento mejor.

Seguramente, Sandra se tendría que haber reído. Habría pensado que aquello que le acababa de decir Iván estaba fuera de lugar. Incluso que era una estupidez. Sin embargo, lo que sintió fue cómo ascendía la temperatura de sus mejillas. El cuerpo le temblaba levemente y sentía un ligero sofoco. Deseaba besarlo.

Aquel momento fue interrumpido por un inmigrante que vendía rosas. Iván lo despachó con un “No me hace falta, ya he ligado” que hizo que el extranjero se marchara decepcionado. Mas antes de marcharse, el chico consiguió arrebatarle una rosa en un rápido movimiento que ni Sandra ni el inmigrante vieron. Iván acarició los pétalos y, absorto en sus pensamientos, dijo:

-¡Cuán efímero es su momento! Hace unos días no era más que un capullo, y en poco tiempo se habrá marchitado.

Iván le tendió la flor a Sandra, que la agarró con las dos manos y la olió. En cuanto alzó la vista para volver a mirar a Iván, éste la besó.

 

Sandra le contaba a la camarera de un bar, amiga suya, lo que le había pasado el día anterior. En cuanto se marchó a atender a unos clientes, se le acercó un hombre gordo y calvo, pero que el poco pelo que le salía de la coronilla lo había dejado crecer hasta llevar melena.

-¿Has dicho que ayer conociste a tres niños llamados Nicolás, Fernando y Javier y que te llevaron hasta otro llamado Iván?

-Sí.

-Aléjate de ellos.

El hombre era un poco desagradable. Las pintas que llevaba, entre el pelo, la barba, las gafas y un estilismo un tanto sucio no ofrecía muchas garantías de tener mayor credibilidad que Iván, ese chico apuesto que la había cautivado. Además, emanaba un hedor a alcanfor que chocaba con su estilo de ropa.

-¿Por qué dices eso?- quiso saber Sandra.

-Son... peligrosos.

-¿Por?

-No te lo puedo decir, no me creerías. Pero para ellos tú eres un pececillo, un mísero pez, y ellos son una bandada de tiburones al acecho. Y el tiburón jefe es Iván.

-¿Pero de qué vas, tío? Llegas aquí, ni te presentas ni nada y vas por ahí llamándome sardina...

-Es una tontería. Hola, me llamo Santiago Veruga. ¿Ahora me harás más caso?

-No. Lo que te jode es que él sea feliz con otra persona. No sé lo que te habrá hecho. No sé si te ha quitado a la novia o te ha estropeado algún negocio. Pero te digo que lo que siento por él no lo va a cambiar un tío que viene haciendo metáforas de animalitos marinos.

-No es eso. Un momento; ¿lo que sientes por él? ¿Estás hablando de amor? ¡Eso no es amor! Seguro que piensas que tiene unos ojos espectaculares. Es su reclamo. Su canto de sirena. No te dejes engañar...

-Mira, ya que te gustan tanto los peces, vete a tu acuario y déjame en paz. ¿Su canto de sirena? ¿Su reclamo? ¿Qué crees, que me está cazando como si fuera una perdiz?

Sandra se marchó sin darle la espalda a Santiago. Parecía bastante enojada. Cuando abandonó el bar, Santiago susurró:

-Y sin embargo, lo hace.

 

El olor de la escalera era empalagoso y amargo. Alguien preparaba coliflor para el día siguiente. Sandra subió por las escaleras, pues Iván vivía en un primer piso. Abrió la puerta Nicolás, que la observó de arriba abajo con sus tristes ojos verdes.

-Adelante.

Sandra siguió al chico que la condujo por un pasillo hasta el salón. Allí estaban Fernando y Javier ojeando un calendario donde se podía ver a una mujer en la playa. Parecieron no percatarse de la presencia de la chica.

-Si te fijas- decía Fernando-, se le puede ver un pezón.

Nicolás se sentó enfrente de una mesa y comenzó a practicar con un cuaderno de caligrafía bastante ajado. Las letras parecían de una época bastante antigua.

Nadie hacía caso a la muchacha, que lanzó una mirada a la habitación. La persiana de la ventana estaba bajada y al lado del radiador había un ventilador apagado. A pesar del verano, no hacía demasiado calor. Sandra permaneció de pie a la espera.

-¿Quieres que encienda el ventilador?- preguntó Javier- No queremos que te dé una pájara y te tengamos que reanimar.

-No gracias. Pero si me dices cómo puedo beber un poco de agua te lo agradecería.

-En la cocina. En la nevera hay agua fresca. Y encima de la fregadera está el armario con los vasos. Al fondo a la izquierda.

Sandra asintió y fue a la cocina. Se fijó que en el lugar donde debía de estar la vitro cerámica había un hueco. Le extrañó, pero aún no comenzó a asustarse. Tras recuperar líquidos, volvió al salón. Allí estaba Iván. No había ni rastro de los chicos. El chico tenía en su mano dos copas de vino. Saludó a Sandra con una sonrisa y le tendió un cáliz. Brindaron y Sandra bebió antes de besarse.

-¿Qué tal está mi pequeño ángel?

-Bien- respondió Sandra con voz melosa.

Se miraron a los ojos y ella preguntó:

-¿Quieres...?

-No, ¿y qué hay de la seducción? Vayamos a dar un paseo.

 

Sandra e Iván caminaban por un parque. En el interior había una iglesia. En lo alto del campanario había un crucifijo. Sandra había notado que el tacto con el chico era muy frío. Se quedaron viendo la torre del templo e Iván comentó:

-El símbolo de la cruz. Emblema del bien. Cuánto daño se supone que nos hace.

-¿Nos hace?

-Oh, no, a ti no. A los de mi especie.

Sandra miró a Iván y de pronto todas las ideas cobraron la forma que debían. Los chicos y el servicio de comida, la ropa negra, la vida nocturna, las gafas de sol y comportamiento cansino durante el día, el pez y el tiburón...

-Iván...- susurró Sandra.

-Siento que tenga que ser así, pero ha de ser una gran pesadilla repentina para que cojas el sabor que a mí me gusta. La adrenalina corriendo por tu torrente sanguíneo.

Y acercó los labios a Sandra. Ella pensó que la iba a besar. La abrazaba fuertemente, pero en vez de besarla, sus labios rozaron los de ella, pasando por el mentón y llegando hasta el cuello. Notó el leve pinchazo y cómo la vida se le escapaba hacia los labios de Iván. Cuando quedó inerte, Iván se levantó y miró el cuerpo de la chica.

-Es una preciosidad- dijo Santiago a su lado.

-Es.

-Es una lástima que tenga que acabar así. Y repugnante.

-¿No es extraño que un vampiro y un caza-vampiros sean amigos?

-No somos amigos, Iván. Nos conocemos. Y nos respetamos. Pero no somos amigos.

-¿Qué haces aquí?

-Quería comprobar que no la convertías. Una más no. Ya sois cinco aquí. Demasiadas muertes.

Iván se agachó. Hizo crecer sus uñas y desgarró el cuello de la chica haciendo desaparecer la marca de sus colmillos.

-Me voy- dijo el vampiro.

-Recuerda una cosa, Iván, cuando dejes de ser útil, iré a por ti.

-Suerte. La necesitarás.

-Tal vez no tanta.

-Llevo huyendo de tipos como desde las cruzadas. Y Raziel desde antes de las guerras del Peloponeso. Créeme, la necesitarás.

Iván se escabulló entre las sombras. Santiago echó un último vistazo al cuerpo de la chica y desapareció también.

 

2 comentarios:

Naike dijo...

pues q quieres q te diga.. juntando q son vampiros y q la has escrito tu pues a mi me gusta :) pero creo q ya la habia leido por lo menos lo de la piscina...

Anónimo dijo...

juan! me ha gustado mucho! se venia venir que eran vampiros jaja sigue colgando mas cuentos! 1 besoo
Amanda