jueves, 5 de febrero de 2009

El Cementerio


Álvaro y Elena caminaban cogidos de la mano entre las tumbas. Era una calurosa noche de otoño. Estaban iluminados únicamente por la luna y las estrellas, que se podían ver brillando por la ausencia de nubes.

-Empiezo a pensar que esto no es una buena idea- dijo ella.

Él la abrazó. Elena tenía diecinueve años y se consideraba una chica valiente. Por eso, cuando Álvaro le había propuesto ir al cementerio, ella había aceptado sin dudar. Los dos vestían de negro y ella tenía pintadas de negro las uñas de las manos y los pies. Los dos eran góticos, amantes de lo tétrico y la muerte. Álvaro, desde su más tierna adolescencia, había tenido como fantasía ir a un cementerio con alguna chica a hacer el amor. Ahora, con veintiuno, había comenzado a salir con Elena, cuyos gustos eran similares a los suyos, y le había propuesto cumplir aquella fantasía, no sin miedo de que ella lo tomase por un degenerado. Ella no sólo no se había enfadado sino que además había accedido.

-Vamos, no pasará nada- dijo Álvaro.

-Tengo miedo.

Álvaro sonrió. Aquel lugar, de noche, era realmente tétrico. Las tumbas proyectaban sombras por doquier. La oscuridad era prácticamente total, salvo por los blanquecinos haces de la luna que iluminaban de forma tenue. Sí, daba miedo, pero eso era lo mejor de aquel lugar. Y tenía un toque romántico. Sonó el aullido de un lobo. Elena se sobresaltó.

-Tranquila- dijo él-, no pasa nada.

-Un lobo es normal en las pelis de miedo, pero… ¿Aquí?

Álvaro intentó no parecer asustado, pero Elena tenía razón. Cuando estuvo seguro de que su voz no iba a temblar, dijo:

-Tranquila, estamos cerca del panteón al que quiero ir. Si pasa algo, podremos cerrar la puerta y nadie podrá entrar. Podemos esperar a que mañana vengan los cuidadores de tumbas.

Ella no parecía muy convencida, pero siguió caminando junto a su novio. De lejos pudieron ver el panteón y Álvaro lo señaló. Se pararon a unos metros para verlo. A Elena le pareció precioso, de mármol, con ángeles que, de noche, tenían un aspecto aterrador. Podía notar la excitación de Álvaro a través de su respiración. Realmente le gustaba estar en ese lugar.

Lo que ninguno de los dos esperaba era oír ruidos provenientes del interior del panteón. Parecían patas de un animal escarbando en el mármol. Y un gruñido aceleró el corazón de la joven pareja. Parecía un animal gigantesco. Tal vez el lobo que habían escuchado antes. O tal vez algo peor.

Los dos salieron corriendo hacia la salida del cementerio. Estaba oscuro y no podían ver dónde pisaban. El suelo era irregular. Los caminos entre las tumbas estaban formados por desgastadas losetas de piedra. Y para complicar aún más la huida, Elena llevaba chanclas brasileñas.

Sin embargo, el primero en caer fue Álvaro. Elena gritó al ver que su novio desaparecía. Frenó como pudo y vio que el chico estaba tendido en el suelo quejándose. No había visto una tumba y había chocado con ella. Tenía el pantalón roto a la altura de las rodillas. Elena le ayudó a levantarse. Los gruñidos iban hacia ellos. Algo, muy grande, se acercaba a ellos. Reanudaron la carrera.

Elena corría delante y Álvaro a unos pasos tras ella. Por eso, cuando la chica cayó al suelo, él la levantó casi al instante. Tenía una rodilla que sangraba y le dolía el tobillo, pero siguió corriendo asustada. Ahora, el ser avanzaba junto a ellos, escondido tras la maleza, corriendo y moviendo setos que servían de adorno en el viejo cementerio. Y ellos corrían todo lo que podían.

A lo lejos distinguieron unas luces. ¡Era la salida del cementerio! Intentaron apretar el paso, cosa que no fue fácil pues Elena cojeaba y Álvaro intentaba ayudarla a correr. Podían oír los gruñidos de la bestia cerca, muy cerca.

Llegaron hasta la puerta. Álvaro ayudó a Elena a saltar el portalón de entrada, de barrotes de hierro. Mientras ella lo hacía, él miraba a la chica de forma apremiante al tiempo que ella miraba a su alrededor. Los gruñidos se oían cerca. La bestia se paseaba cerca de allí, podía oírla pero no verla. Sorteó él también la puerta y salieron corriendo para alejarse del cementerio, pero chocaron con alguien. Al mirarle a la cara, se sorprendieron. El gesto del joven era tenso, serio, pero conocido. Se llamaba David y miraba hacia el cementerio. Caminó hacia la puerta a pesar de que Álvaro y Elena intentaron advertirle del peligro. Sin embargo, él se agachó frente a los barrotes y exclamó:

-¡Siluro!

Los gruñidos se transformaron en ladridos y un mastín negro apareció dando saltitos de alegría.

-¿Por dónde has entrado?- dijo David- ¡Vamos, Siluro, busca la salida!

El perro se alejó adentrándose en el cementerio.

-Estaba paseando a Siluro cuando se me escapó. Le he seguido hasta aquí.

El perro llegó corriendo alegremente. Saltó alrededor de David un par de veces mientras ladraba y miró a la pareja de novios. Comenzó a gruñirles y volvió a ladrar justo antes de abalanzarse sobre Elena y comenzar a chuparle la cara.

-Vamos, Siluro, lárgate- dijo ella.

-Te he dicho un millón de veces que no gruñas a la gente que conoces- intervino David mientras acariciaba al perro para quitarlo de encima de la chica. Luego se despidió y los dejó solos de nuevo.

Aún notaban la euforia de la adrenalina cuando vieron desaparecer a David. Álvaro dijo:

-¿Querrás volver a intentarlo o te conformas con el coche?- dijo él en tono de broma.

Sin embargo, ella miró al cementerio y, con una sonrisa pícara, lo besó.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Ooo otro de tus cuentos tenebrosos! jeje pero bueno este acaba bien.. me gusta, me gusta :)A seguir colgando mas eh? que encima soy de las pocas que los comenta. 1 besitoo

Anónimo dijo...

Por cierto... soy Amanda jeje

Juan dijo...

Ahí, ahí, comentando, así me gusta, Amanda. Me alegro de que te haya gustado. Este cuento es de los tuyos, jeje, con final feliz.

Adrián dijo...
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Adrián dijo...

el tio es un poco tetriko si xD al tener deseos sexuales en un panteon del cemnterio pero mola xD le da emocion xD sige aciendo de estos libros k me los leo todos jeje