lunes, 18 de mayo de 2009

Adriana

No puedo poner fechas en el calendario a todo este relato, tal y como me pedís, pero sí os contaré todo lo que recuerdo.

Estaba en la playa la primera vez que la vi. Esa figura esbelta, de niña de dieciocho años bien cumplidos, cuerpo de diosa que haría babear a cualquiera. Adriana María Lozano, Nita, Adri, mi Adri o simplemente Adriana. En aquel momento no era otra que una más a la que mirar en la playa. En días iba sola a la playa, otros acompañada de una chica que desentonaba con ella. Aquel día era en los que estaba sola. Llevaba un bañador tan escueto que la parte de arriba apenas tapaba la zona del pezón.

La vi acercarse al mar contoneando sus caderas de forma insinuante, provocando a cualquier mirada que se posara en ella. La vi zambullirse en el agua. Y juro que si en vez de un bikini de tela hubiese llevado uno de conchas, habría creído ver una auténtica sirena. Y así al calor del sol se le unió el sofoco de verla a ella cual princesa del mar.

No pasaron ni tres días cuando empecé a notar que ella me miraba. El primer día lo hacía con los ojos entrecerrados. El resto llevó a la playa unas gafas de pasta negra, alargadas. Era increíble ver cómo un objeto que debía cambiar su fisonomía no afectaba para nada en su belleza. Yo creo que era su sonrisa. Siempre sonreía.

Llegó el día en el que fue ella la que se acercó a mí. Yo estaba tumbado, tostándome a la luz del astro rey. No sé qué vio en mí. No soy guapo ni tengo buen cuerpo. Mis dominios están en la palabra. Y con ella no había cruzado ni una sola. Sin embargo, fue ella la que se acercó a mí. Hablamos. Ella mantuvo una conversación seria en todo momento. Y al día siguiente. Al tercero, con un agobiante calor, nos bañamos juntos. El agua estaba fría, pero ella siempre hacía que la temperatura de mi cuerpo permaneciese cálida. Fue en el agua cuando se me abalanzó y me besó diciéndome que me quería. No me besó en la boca, pero fue en la parte de la mejilla tan cercana a la boca que casi pensé que lo había hecho. Esa misma noche, pensando en mi chalet en lo ocurrido, me di cuenta de que me había enamorado. El amor jamás me ha tratado bien, pero no sentí recelos hacia esta nueva dimensión que se me había abierto. Pobre de mí.

Ella me dijo un día que su apartamento estaba libre. Quería invitarme a comer. Le pregunté si le parecía bien que llevase el vino yo, pero respondió que no. No le gustaba. Me dijo que únicamente mi presencia era suficiente. Aún así me pareció mal ir con las manos vacías. Fui al jardín de mi chalet y busqué la flor más bonita. Las rosas rojas, que a mí me hubiera gustado llevar, estaban comenzando a marchitarse. O bien aún no habían pasado del capullo. Elegí una rosa amarilla. No era tan pasional, pero me di por satisfecho.

Cuando llegué a su casa ella me recibió con la mejor sonrisa que he visto jamás en un rostro humano. Agradeció la flor impulsivamente, con nuestro primer beso. Nunca lo olvidaré. Fue corto. Me hizo pasar pues tenía unas pechugas que estaba haciendo a la plancha aún en el fuego. La acompañé a la cocina y la vi apartarlas de la vitro cerámica. Me dio una Coca cola y no me dejó ayudarla a cortarlas. Yo era su invitado. Comimos y vimos una película. “Buscando a Nemo”. Le encantaba. Sobre todo la parte en la que el protagonista era recluido en un acuario. Debí sospechar en ese momento. O cuando vi que el libro a medio leer que había en un rincón del salón era “Harry Potter y el Cáliz de Fuego”. Pasamos la tarde hablando, enrollándonos y riendo. Ella era cruel. Me enseñó unos vídeos con los que se moría de risa, almacenados en su móvil. En uno de ellos atropellaban a un hombre. En otro, a una anciana le daba una pájara y se desmayaba cayéndose por las escaleras.

A cenar la invité yo. La llevé a un restaurante y pasamos una bonita velada. Pudo ser más romántica pero lo impidió el terrible olor a sardina frita de los de la mesa de al lado. Luego ella quiso tomar algo en un bar. Aunque quiso pagar ella, yo no le dejé. Le aparté la cartera cuando la sacaba de su pantaloncito corto y, al parecer, lo hice demasiado fuerte, porque se le cayó al suelo. Ella fue más rápida que yo agachándose y la recogió. Mas al hacerlo, algo cayó de la cartera. Esta vez el rápido fui yo. Recogí su carnet de identidad y por curiosidad me fijé en su foto. Justo al lado estaba su fecha de nacimiento. Pagué y la saqué del bar. Fuimos a un paseo que estaba poco transitado y entonces le pregunté:

-¿Tienes catorce años?

-Y tú veinticinco, ¿y qué?

-Joder, Adriana…

-Te quiero.

-No me vengas con eso.

-Pero te quiero. Y tú a mí. Y eso nos debería valer.

Y si no daba igual. Me tenía atrapado. Tenía razón. La quería. La quiero. Aún la quiero.

Se acercó a mí y me abrazó. Me besó con dulzura. Y yo le devolví el beso. Estaba dolido. Y enamorado. Caminamos por la playa descalzos y abrazados. No hablábamos. Como ya he dicho, ella era cruel. No sólo se reía de ancianitas que se caían, también se había reído de mí, me vacilaba. Se había metido de forma cariñosa con mi barriga y con mi lentitud para contestarle en algunas ocasiones. Por eso, cuando ella preguntó:

-¿Estás enfadado?

Yo le respondí:

-¿Y a dónde vas, al colegio?

-Al instituto.

-¿Y qué das allí, cuadernos de caligrafía Lamela?

Ella permaneció callada unos segundos. Escuchamos el rumor del mar. Sentimos la arena aún cálida del día bajo nuestros pies.

-No- respondió-. Estudiamos el movimiento calvinista y las guerras del Peloponeso.

-Ya- respondí yo porque no se me ocurría otra cosa.

Siguió callada unos momentos hasta preguntar:

-¿Me quieres? Quiero decir, sabiendo lo que sabes…

La detuve. La miré a los ojos y con la mano que tenía libre de las chanclas la agarré de la cabeza. La besé. Al separarme, acaricié su mejilla con mi dedo pulgar y le dije:

-Sólo así sabrás lo que me callo.

Ella dejó caer a la arena su calzado y abrazándome se fundió conmigo en un beso. No sé cuanto tiempo duró.

Mas tarde seguimos paseando por el pueblo playero. A pesar de la hora, los comercios estaban abiertos. Cruzamos por una verdulería y en un arrebato infantil murmuró:

-¡Qué asco!

-¿El qué?

Señaló una coliflor y dijo:

-En mi opinión, eso sólo debería valer para jugar al fútbol.

-Coliflor. Que rima con radiador. Y alcanfor.

-Eso le ponía mi abuela a la ropa.

La besé en la frente. Como ya íbamos abrazados, ella me apretó más. En ese momento supe que todo lo que yo sentía por ella era correspondido. No jugaba conmigo. Me quería. Yo estaba dispuesto a dar mi vida por ella. Y con ese apretón noté, supe que ella también haría lo mismo.

La acompañé hasta casa. La besé. Y cuando me iba a ir ella dijo:

-Quédate, por favor. No quiero estar sola. Siento que cuando te vayas no te volveré a ver más. Espero que mañana haya desaparecido esa sensación. Pero por favor, quédate.

¿Quién se atreve a negarle lo que pide a la diosa de tus sueños?

Vimos la tele un rato. En uno de los canales echaban un concierto de Ana Torroja. Ella se fue al baño y yo me preparé para irme a la cama de los que antes pensaba que eran sus compañeros de vacaciones. Ahora sabía que eran sus padres. No volverían hasta la noche siguiente. Yo estaba feliz. Canturreaba una canción de Mecano y no me fijé en que susurraba “Hawai, Bombay, a la luz del flexo, Hawai, Bombay, nos damos un beso” hasta que me crucé con ella, que vestía con una camiseta larga de algodón, y me abrazó susurrándome al oído: “hazme el amor frente al ventilador”.

No era que me siguiera el juego. Era una petición en toda regla. Me cogió de la mano y me llevó a su cuarto. Bajó las persianas diciendo que había mucho vecino mirón y me volvió a besar tumbándome en la cama. Era más experta de lo que yo hubiera imaginado. Entonces me di cuenta que todo lo que había confundido con inocencia no era más que infancia. Allí como estábamos, desnudos los dos, ella se desenvolvía como pez en el agua.

Sé que debía haber sido así. Sé que cuando ella se quedó dormida junto a mí yo me debía sentir mal. Debía sentirme como un tiburón de discoteca que engaña mujeres para llevárselas al terreno que él quiere. Aunque bien visto y analizado, para engañar a Adriana debía haber sido bastante más listo de lo que soy. Ella era lista. Sabía lo que quería. A vuestros ojos pareceré el tiburón que acecha a la presa, pero en realidad yo era la perdiz y ella el cazador.

Os he contado todo esto para que comprendáis lo que siento. Para que me creáis. ¿Qué si nos vimos más? Claro. Pero todas las veces que nos vimos era una demostración del amor que los dos conocíamos que sentíamos por el otro.

El amor nunca me ha tratado bien.

Y ahora viene lo que queríais saber. Estaba en mi chalet regando las plantas cuando fui asaltado. Un hombre calvo me atacó por la espalda. Iba armado con una pistola, mas tantas ganas tenía de hacerme sufrir que le pudo el ansia. Me agredió. Yo practicaba artes marciales. He recibido golpes de todos los colores. Me levanté pronto y me defendí como pude. Entonces el hombre pareció darse cuenta de que llevaba un arma y quiso dispararme. No pudo. Forcejeamos y caímos al suelo.

Yo pensaba que mi cruz era verme en secreto con una menor. ¡Qué equivocado!

Logré quitarle el arma, pero no me pude apartar lo suficiente como para alejarme con ella. Él me tenía agarrado por las manos. En el forcejeo, el arma se disparó. Oímos un grito femenino. Los dos dirigimos la vista al foco emisor y vimos caer a Adriana al suelo. El hombre era fuerte, y llevó la pistola hasta su cabeza, disparando. No me fijé en el grotesco espectáculo de su cabeza reventada. Me levanté corriendo para ver el estado de mi amada. No borré las huellas ni me preocupé de parecer inocente. Simplemente dejé caer el arma y quise ver cómo estaba ella. No comprendía por qué sangraba de la boca y la nariz si el disparo había dado en el pecho. Ahora sé que la bala había dado en el esternón y reventado los pulmones, que se encharcaban de sangre ahogándola. La besé llorando mientras le acariciaba.

-Adriana…- susurré.

-Me enteré que iba a matarte- dijo ella en un débil murmullo-. Quise impedirlo. Te quiero. Más de lo que he querido a nadie.

La besé de nuevo y le dije:

-Te quiero. Te amo. Mi vida, no te vayas…

Ella sonrió y en su vista vi lo que jamás hubiera deseado. Se me fue. Se apagó. Mi cruz no era amarla siendo menor. Mi pesadilla era amarla. Luego llegó la policía.

Esto es lo que ocurrió. Como ven, sus señorías, soy inocente de asesinato. El arma es reglamentaria de la guardia civil. El padre de Adriana era guardia civil. Se suicidó al ver que su hija moría. No sé si porque no podía vivir sin ella. No sé si para inculparme. Puede que para las dos. Se aseguró de que fuese yo el que sujetase el gatillo cuando fue apretado. Pero fue él el que se mató. Y el que mató a Adriana. ¿Si soy culpable? Sí, pero de amarla, no de matarla. Ella es la que me mató a mí. Porque al faltarme ella lo que me falta es lo mejor de mí. En el fondo, yo también perecí con ella.

A partir de ahora me da igual la sentencia. Si la policía me hubiera dado más tiempo, hubiera apretado el gatillo una vez más. Incluso desearía que este tribunal fuese estadounidense y me condenase por doble asesinato y pederastia. Mi muerte es menos dolorosa que la de ella. Juzguen, condenen o absuelvan. Ya da igual. La vida sin ella no tiene sentido. Condenarán o absolverán a un zombi. A un cuerpo sin alma. Pero jamás al hombre que hasta ese día fui.

6 comentarios:

ra dijo...

Me gusta lo de el olor a sardinas de la mesa de al lado...
Bonita historia!!!

SosaCaustica dijo...

Ché Boludo (Lo siento es que estoy viendo anuncios argentinos.. te los recomiendo por cierto)

como siempre lo que mas me ha gustado el final. Es lo que más me gusta de tus escritos :D

(Gustavo RIP)

tiene encanto la historia, en mi opinión un poco pegajoso el amor entre ellos, pero ya sabes lo raruna que soy yo para esas cosas :D

Awixumayita dijo...

Qué bonito!!!
Y qué triste, también. Mucho.

Y qué nombre tan bonito tiene la protagonista!:)

Juan dijo...

Me alegro de que os guste. Awi, te ha gustado el nombre, ¿eh? jaja. Bueno, el cuento era un ejercicio para la uni, pero me encanta como quedó

Eryel dijo...

Me encanta la historia ^^ El final triste, triste.. snif, pero me ha mantenido en vilo todo el rato, felicidades!

Juan dijo...

Me alegro de que te haya gustado, Eyrel!!!

Jou, a ver si actualizo más esto...