martes, 9 de junio de 2009

360

Había pasado ya un año, pero las gotas de lluvia le indicaron que todo seguía igual. En el diciembre pasado estaba solo. Pero había alguien que le alteraba el pulso. Se llamaba Noemí. No sabía quién estaba más borracho la noche en la que acabaron juntos en el piso de ella. Tras esa noche vinieron otras de pasión y desenfreno, hasta que se hizo oficial.

Luego llegaron los problemas. Paulatinamente fueron viéndose menos. Al principio fue por obligación, después porque ya no estaban cómodos el uno con el otro. Se sentían extraños. Y es que el tiempo en el que se habían visto vestidos era bastante escaso. Cuando empezaron era por el deseo que sentían, pero pasó a ser el único medio en el que podían estar juntos sin estar incómodos.

Él supo que todo se desmoronaba e intentó frenarlo. Pero todos sus esfuerzos fueron inútiles. Ella se alejaba de él, aunque eso no dictó el final. El final llegó cuando ella se acercó demasiado a otro. El daño estaba hecho. Dos meses para olvidarla: uno para recuperarse en su orgullo y otro para pasar de las mujeres.

Esperaba que su siguiente relación no se estropeara como con Noemí. Doce meses después él ya pensaba en la siguiente. Era diciembre, ella se llamaba Beatriz. Y aunque pensaba que había aprendido del error, tenía una sensación desagradable en el cuerpo: había pasado ya un año, pero las gotas de lluvia le indicaron que todo seguía igual.